En busca del cofre del tesoro exento de oro y plata.

Posted: domingo, 21 de abril de 2013 by Vicente "BleyCi" in
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El jefe del puesto de mando lanzó la orden de despegue… La nave especial pilotada por el que escribe estas líneas se levanto al principio solo unos palmos del suelo, aún así subía cada vez más y más… El propulsor soltaba una incesante ráfaga resplandeciente de un fuego abrasador que daba una sensación de chamuscar todo el oxigeno que se cruzaba en su camino "hacia el infinito y más allá" . Atravesó los prados de nubes donde, según contaba las viejas del pueblo en la plaza, iríamos a parar si en la tierra nos portásemos como buenos cristianos, yendo a misa todos los domingos y depositando alguna que otra moneda en el cesto… No obstante, al contrario de las promesas fundadas en la verdad de la fe que ellas nos hacían a los más pequeños y crédulos del vecindario, allí, sobre aquellos interminables algodones flotantes, no vi más que cielo y más cielo a través… De dicha experiencia extraje una valiosa enseñanza vital: Los hombres y mujeres que toquen el cielo en vida, hasta el Reino de los Cielos se les quedará corto y no podrán dominar a su inconformismo que les pagará el viaje al Infierno.

La nave ganaba altura a una velocidad estratosférica, cuando quise darme cuenta hasta el más alto de los rascacielos desde mi privilegiado balcón se mostraba algo distante con el más fiel reflejo del inmenso mar, osease el cielo. En lo que se tarda en pestañear, ya había dejado atrás los peajes de la autopista al universo bautizados, dichos peajes, con los nombres de troposfera, estratosfera, mesosfera, termosfera y exosfera, nombrados en el mismo orden en el que los iba superando.


Cuando mi nave abonó el ultimo peaje y se alzó la valla, accedí a un mundo misterioso, el cual es conocido de primera mano por un número muy reducido de gentes, pero que ha sido/es objeto de comidillas en un sinfín de escenas de barra de bar donde los tertulianos fanfarroneaban/fanfarronean de que al regresar a casa luego de un largo día de trabajo tal mundo misterioso les abría las puertas de par en par.
En un primer momento me sentía solo entre tinieblas de un frío que te hace tiritar hasta al más ancestro de los esquimales, pero, si bien, tú, que lo ves todo, no demorastes más nuestra velada y, metamorfoseados tus ojos en dos grandes soles, me percaté de tu acercamiento al pico de mi nave… Tus rayos de luz espantaron a los espectros fantasmales que por un segundo se adueñaron de mí. Trajistes la luz a mi vida. A partir de ahí, apagué los propulsores y dejé mecerme entre los brazos de tu constelación, nunca antes vista ni por el mejor de los telescopios jamás inventados. Tus dos respingones sesos hicieron las veces de estación espacial donde paré durante un corto intervalo de tiempo para reposar y repostar carburante. El viaje se antojaba largo, pero placentero. Salí “a todo gas” de la estación. Ahora, ya con el deposito lleno, quería yo llevar la voz cantante, tomar parte importante de este dueto artístico, ser el eje central que nos moviese a los dos al mismo compas… Hice un vuelo rapaz por tu espalda, salté de lunar en lunar, metí el freno de mano en cada curva sinuosa del anillo que se presentaba delante mía. Fui abducido por un extraterrestre, pero que no tardé en hacerlo desparecer de la faz de tu ombligo ondulado, como yo los quiero.


Empezó a arrear con virulencia un aguacero de meteoritos que caían en picado contra la nave, fue en ese preciso instante cuando abrí mi paraguas y corrí a cobijarme de las inclemencias del tiempo entre las sabanas de tu lacio cabello, suave como la seda. Tan pronto como amainó, tu lengua y la cabina de mi nave coquetearon durante el tiempo que ellas libremente creyeron conveniente. Este jugueteo me empapó todo el armazón de una saliva viscosa. Fue ahí cuando llegue a la conclusión de que era el momento idóneo de ser absorbido por ese agujero negro que veía allá en la lejanía. Los propulsores soltaban chorros potentes de  un fuego color azul intenso y en un santiamén ya me hallaba en mi propio cielo, en el principio de toda vida terrenal; tu coño sabroso.  


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