Sigo...

Posted: domingo, 1 de mayo de 2011 by Vicente "BleyCi" in
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¡Buenas gente! Sé que aún no tengo un número suficiente de seguidores aquí en el blog, pero eso no es muy importante, seguiré escribiendo entradas cuando me apetezca, sin mirar nunca el número de seguidores…
Empezamos, estaba estudiando de historia para un examen, ahora mismo cuando he decido parar un poco a descansar y de paso aprovecho y sigo escribiendo entradas, entradas y más entradas. Hoy os cuento que hace dos viernes estuve en la capital, Madrid, y me pasé por la Fnac con la intención de comprar un disco de música, mi idea de comprar un disco se borro pronto de mi cabeza, cuando vi en una estantería el libro “Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites” de Domingo Edjang, para la inmensa mayoría más conocido como “El Chojin” para quien aún no sepa quién es este señor, les aconsejo que se informen. Leyendo el libro, me pare en una capitulo que “El Chojin” titula; “Demasiado a menudo usamos las palabras mal”. Me gusta todo el libro, pero en especial este capítulo y creo que es una buena idea compartirlo con vosotros, queridos visitantes. Aquí os dejo el capítulo entero sin cambiar ni una sola coma, he de subrayar antes de empezar a copiar del libro, que el autor habla en primera persona todo el tiempo, relatando sucesos reales que al mismo le han ocurrido.
DEMASIADO A MENUDO USAMOS LAS PALABRAS MAL.
Hoy he oído hablar en un debate de la radio a catedráticos y gente superlista sobre lo mal que los jóvenes usamos el idioma. Las faltas de ortografía, el recortar las palabras, los emoticonos, la escasez de léxico… Todo eso les resulta muy preocupante. A mí no es que me dé igual, claro que opino que es bueno saber dónde van las tildes y qué es un verbo intransitivo –esto segundo no es que sea muy práctico en el día a día, pero si lo sabes, eso que ganas-. Ahora, lo que de verdad me pone en alerta en relación al lenguaje son situaciones como la que he vivido hoy en una tienda de ropa, por muy tontas que puedan parecer…
Estaba acompañado de un colega –él es negro y ese dato es importante para lo que voy a contar-. Buscábamos un regalo para su hermana: una camisa, una camiseta… Algo de ropa no muy caro, un detalle. Sabido es que lamentablemente hay estereotipos que sí que tienen mucho que ver con la realidad, y uno de esos es el que dice que los hombres, en general, tenemos más bien poco criterio dentro de una tienda de moda femenina. Sabes si te gusta o no cómo va vestida una mujer, pero mi amigo y yo al menos, tenemos serios problemas para imaginar cómo le sentará la prenda que está colgada en una percha a una mujer determinada. De ahí la gran importancia que cobran las dependientas de las tiendas para nosotros.
Las veces que he ido a este tipo de establecimiento sin acompañar a una mujer, la escena ha sido casi calcada; entro, voy directamente a la primera dependienta que veo y le pido que me dé algo para llevarme. Podría decir que pido asesoramiento, pero eso querría decir que yo tengo ya alguna idea en la cabeza y ella solo me termina de orientar; en mi caso lo único que más o menos tengo claro es cuánto pretendo gastarme,  el resto es decisión de una perfecta extraña que, conmigo, sí se gana su sueldo.
El caso es que la situación ha sido de lo más ridícula. La dependienta, rubia y con ojos azules, después de preguntar la talla de la hermana de mi amigo –no lo sabíamos, pero la hemos deducido al ver a otra chica que estaba en la tienda con más o menos su cuerpo- ha sacado unas cuentas prendas. Mi colega se ha decidido finalmente por una rebeca de modo que lo único que quedaba era el color. La dependienta nos ha dicho entonces que la tenía en tres tonos: blanca, negra y color carne… ¿color carne? Mi amigo es marrón oscuro, yo marrón clarito y ella rosada. ¿Qué quiere decir eso de “color carne”? Sé que en Europa –o al menos en España- se ha designado con convenio no reglado que el “color carne” es el tono que más o menos coincide  con el color de la carne de las personas blancas como la dependienta, pero… ese es un pésimo convenio.
El lenguaje es sumamente importante, interiorizar que el color carne es el color de la carne del europeo es sembrar en el subconsciente la idea de que no tener ese color es algo así como una tara o un fallo, o en el mejor de los casos algo excepcional que se sale de la norma porque la norma es que la carne humana sea de “color carne”. Sé que la generalidad de las personas no utilizan la expresión con malicia, pero cosas así son las que hacen que algunos afros en España tengan metido en la cabeza que no son “normales”. Hay incluso quienes pretenden aclararse con productos perjudiciales para su piel, pero lo que es muchísimo peor aún, dañinos para su autoestima porque hay un ideal según el cual eres más guapo –o guapa- cuanto más clara sea tu piel, y una persona negra, por mucho que se empeñe, nunca será blanca. En realidad es todo bastante más complicada que eso. En España, las blancas se broncean para tener un puntito de color, pero siempre resultará más atractiva una rubia rollo Sharapova que una mujer negra como Serena Williams –cosa que no comprendo para nada, porque Serena está muchísimo más buena.
Sigo. La frustración es, sin ninguna duda, una de las peores situaciones a las que se puede enfrentar un ser humano y el lenguaje –que ha de estar siempre a nuestro servicio, no en nuestra contra- no debería ser nunca un obstáculo. Y digo que no debería, no qufe no lo sea, porque desgraciadamente en demasiados casos sí que lo es debido a que ni siquiera nos damos cuenta de hasta qué punto está viciado.
 En el maravilloso libro de George Orwell 1984 se plantea la existencia de un plan perfectamente orquestado para manipular el lenguaje con el fin de servirse de el como instrumento de control. Es cierto que la situación no es tan clara y exagerada como en la novela, pero a menudo no puedo evitar preguntarme por qué todos los “errores” van siempre en la misma dirección.
Yo sí que creo que hay una intención –mala intención– en los distintos matices que se le ha dado a muchas palabras y expresiones. No creo que sea coincidencia que exista una serie de conceptos y expresiones que usamos y que, por algún motivo, sirven para ahondar en las diferencias, dar apariencia de justificar actos que son injustos y lo que es aún peor, construir en el subconsciente colectivo ideas maliciosamente falsas.
Se ha escrito muchísimo sobre cómo influye el lenguaje en el pensamiento. Se especula con que si algo no tiene una palabra que lo designe podemos terminar por obviarlo porque para hablar –y para pensar- utilizamos las palabras.
Como persona que se dedica básicamente a trabjar con el lenguaje para procurar comunicar cosas, sé hasta qué punto puede resultar frustrante estar a merced de mi limitado y condicionado vocabulario. Yo no puedo decir a un niño que “está haciendo el indio” cuando hace tonterías porque eso es lo mismo que afirmar que los indios son tontos. ¿De donde viene esa expresión? ¿Por qué la utilizamos sin cuestionarla?
Ejemplos hay demasiados: “Lo engañé como a un chino”, “Esto es una gitanada”, ”Fue una merienda de negros” u”Hoy he tenido una negra”. Todas esas frases y tantas y tantas otras son incuestionablemente ofensivas para los colectivos a los que se refiere: los chinos no son bobos, los gitanos no son cutres y los negros no son desordenados y anárquicos.
Yo mismo soy considerado “mulato”, que es una palabra que hoy tiene un rollito exótico y sexualmente atractivo, pero que cuando buceas en su origen y su intención comprendes la perversidad que encierra. Los primeros “mulatos” de la historia surgieron de las violaciones que los europeos llevaban a cabo en sus incursiones por África, y los frutos de esa barbarie recibían en español el nombre de “mulatos” porque el hombre blanco era el gran semental que montaba y fecundaba a la mujer negro que era la burra. Como el cruce de un caballo y una burra se obtiene al mulo –que es un híbrido de dos razas estéril y, por tanto, tarado- del cruce entre el blanco –caballo, digno y noble- y la negra –burra de inferior casta- teníamos como resultado a un mulato, esto es, a una mezcla pseudoaberrante (…)
El Chojín – Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites.
Editorial; Espasal.
Hasta aquí sigo, para leer más solo tenéis que,¡ compraros el libro en vuestra librería favorita!
Un saludo!

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